No tenemos balcón

Por Manuel Reyes.

Llegó el momento que llevamos esperando más de 40 días. La ciudad nos esperaba esta mañana como sin haber tenido tiempo de acicalarse.

Sin pensarlo, volvemos a pisar la calle con la necesidad de encontrar una cara conocida, un amigo. Al primer saludo, un gesto de duda, la nueva estética de ocultar nuestras caras hace que ya no nos reconozcamos a primera vista. El carril bici se convierte de pronto en una pista de despegue y vuelas en patinete, sin parar, recuperando ese tiempo robado, esos metros no corridos, no jugados. La calle parece envejecida, los balcones se notan vividos.

Al levantar la vista puedo ver la cantidad de nuevos edificios, algunos de portentoso diseño pero sin balcón, nosotros tampoco tenemos. En ese momento me doy cuenta que todos esos proyectos se han convertido en un catálogo de diseño arquitectónico “prepandémico” en cuarentena para su análisis y modificación.

Miro el reloj, tú sigues intentando despegar por el carril bici que de pronto se acaba.

Llegamos al borde de la ciudad, en este punto lo construido desaparece.  Al contrario que nosotros, la naturaleza no se ha confinado y luce esplendorosa. Decidimos adentrarnos a través de senderos que parecen preparados para este día. Muchas familias han pensado lo mismo y, como hormigas en busca de cobijo, colonizamos un espacio que está esperando un nuevo trozo de ciudad.

Nuestra casa se acerca y seguimos cruzándonos con gente. Pienso que nunca hubiésemos transitado por estos caminos si esta situación de emergencia no se hubiese producido. Vamos avanzando entre flores silvestres e imagino vivir en el campo.

Después de una hora llegamos a nuestro portal y te miro sonreír gracias a tu vuelo en patinete. Los dos subimos a casa donde vuelvo a darme cuenta de que no tenemos balcón.